Intermedio (por Luis Nieto)
Juventud, divino tesoro; te vas para no volver. Cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer
Queridos amigos:
No dejo de pensar en el público de este blog, presente o futuro, y en cuándo se harán escuchar. La retroalimentación o la idea de ella resulta para mí hoy una incógnita. Y es pensando en esta interrogante sobre el futuro que hoy comienzo mi nueva participación. Estoy a la mitad del camino, esto es, a la mitad del recorrido y en el centro de la vía, con la conciencia de mi origen y con incertidumbre de mi destino. Y es difícil determinar cuál ha sido el avance, pues la vida se compone de muchas carreras, como una olimpiada, de muchas pruebas. Imposible me resulta realizar este ejercicio sin detenerme a considerar lo que ha sido mi camino, la manera en que lo he andado y a los seres inseparables que lo han recorrido conmigo. Echando una ojeada al medallero, encuentro algunas victorias, algunas derrotas para las que hay más oportunidades y otras que no tienen reintegro. Éstas últimas muy a menudo tienen una fuerza debilitadora, valga la redundancia, que pueden culminar en un knock-out, y la forma de combatirlas es tomar de su fuerza el impulso para resurgir. Nunca es tan fácil empezar a subir como cuando se está en el fondo. Y así es como todo está diseñado. La felicidad a mi parecer consiste en acumular medallas, entendiendo por esto logros en los aspectos importantes de la vida o en todos, sin jamás dejar de asignar las prioridades correctas. Y son tantas las competencias, que el más apto no es el que marca mayor superioridad en una disciplina, sino aquel que es capaz de entregar el mejor esfuerzo para avanzar en todo, generalmente despacio. Ganador de varias de las pruebas, perdedor de otras y descalificado en otras más, la mitad del camino me parece el momento para repensar y revaluar los objetivos.
Confieso que he vivido, que me he sabido rodear de las mejores personas y que he descubierto que la felicidad no es una condición estática, sino una moneda de circulación cotidiana por la que hay que trabajar y esforzarse. Sin lugar a dudas he sido afortunado, en el entendido de que la fortuna o la suerte no son nociones fortuitas, sino la sucesión de eventos positivos o negativos para la cual el hombre no ha podido señalar un patrón de comportamiento preciso. He encontrado la vida un tanto cuanto compleja, sobre todo por la abrumadora cantidad de situaciones que se conjugan para producir un panorama general. Sé que pocas veces se recibe lo que no se merece y que algunas otras pensamos no recibir todo lo que merecemos. En la vida se cometen errores, algunos se pagan en una sola exhibición y otros son a crédito, en mensualidades o anualidades que no siempre son cómodas, pero que siempre tenemos la capacidad de cubrir. Yo he cometido algunos, de los que he sido responsable. De algunos me arrepiento y de otros no, todos me han hecho ser mejor y manejar el mundo con más destreza. Llamo “fortuna” a haber sido hijo de personas fuera de serie, a tener hermanos de los que he podido aprender y con los que he compartido momentos inolvidables, a gozar de la amistad entrañable de personas de valor incalculable, a haber estado con mujeres que corrigieron mis deficiencias y acrecentaron mis cualidades, a tener la sapiencia de conducirme con honestidad y la inteligencia para forjar una existencia plena y de satisfacciones; conceptos todos para cuya definición justa todos los adjetivos resultan escasos.
Llamo “fortuna” a haber sabido desde temprano cosas de la vida que a algunos les toma 50 años empezar a comprender y que muchos jamás alcanzan a vislumbrar, a haber librado duras batallas y golpes mortíferos, y haber exprimido toda la experiencia que había en ellos, siempre con el respaldo y apoyo de la gente por la que vale la pena vivir. Llamo “fortuna” a haber tenido el valor de encaminar mis pasos hacia delante, a pesar de todas las invitaciones para no hacerlo, a tener siempre el coraje para prosperar, para tratar de ser mejor con cada vuelta de la Tierra y para atreverme a actuar según mis convicciones. Tiene que llegar un día el momento en que en verdad lo primero sea lo primero y se atienda lo descuidado, para intentar no perderlo. A veces se descubre que hay cosas que se pueden perder de tal manera que parezca que nunca se tuvieron. Vivir la vida al extremo y permitirse experimentar parece ser la recomendación más sana. Si usted tiene algo que no quiere perder, no lo cuide, vívalo, úselo. La vida no es para cuidarla. En todos los casos el precio de vivir la vida es perderla. El precio de no vivirla es el mismo. Pero el camino no se acaba.
Saludos cordiales,
LM
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